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De cómo nos hablamos

¿Impacta verdad? O como dijo el vecino que me encontró clavada delante de la pared de la pintada, “fort oi?”, (fuerte, ¿verdad?)

La primera vez que vi esta frase en la pared de al lado de la ferretería de mi barrio me quedé inmóvil delante de ella durante bastantes segundos, vamos, que claramente se veía que me había detenido delante, como si no pudiese dar crédito a lo que leía. De hecho, como os he dicho el dueño de la ferretería salió y me acompañó.

 

Varias veces había visto escrito, en suelos y paredes, “Te odio”, pero “Me odio”, directamente, nunca.

Como podéis imaginar, me fui a casa dando rienda suelta a mi imaginación de la situación por la que estaría pasando la persona para escribir tal cosa, fantaseando con los problemas que debía tener, “opinando” sobre su autoestima… Diría que estuve novelando bastante rato sobre la vida de la persona.

Hasta que me dije, voy a preparar la cena. Y ahí creí dejarlo a un lado.

Pero no, no lo pude dejar de lado y ahí empezó otra vez la cabeza, pero esta vez, no a fantasear sobre lo que le pasaba a el/la autor/a, sino a dejarme sentir qué me había tocado tanto de la frase a mí. Por qué y sobre todo para qué se había quedado en mi cabeza esa frase.

Rápidamente se me hizo muy evidente las veces en las que me hablo durísimamente (¡Ah!, cómo me gustaría poderlo escribir totalmente en pasado...), desde la exigencia y los deberías, las veces en las que no me soporto, en las que me rechazo (soy más fea que…, no me gusto…) o invalido (esto no es para mí), en las que me castigo por lo que he dicho de más o por lo que me he callado y me arde en el hígado, las veces en las que me he dicho “es que soy más tonta…”, aquellas en las que he despreciado a mi cuerpo, a mi voz a mi pelo, a mi …., tantas y tantas veces en las que me he hablado con desprecio y dureza y que si saco el denominador común, podrían recogerse bajo la frase de la pared: Me odio.

Sí amigxs, ese tipo de comunicación hacia nosotrxs mismxs no la he patentado yo, ni mucho menos, la escucho constantemente en la consulta. Y cuando digo constantemente no es un abuso de lenguaje. Es que lo que más aparece en nuestras narraciones en la consulta es ese discurso duro y censor hacia nosotrxs mismxs, tanto desde la agresividad activa (visceral, despectiva y asco) hasta la pasiva (víctima y desvalorización)

Todo eso me despertó la pintada y me fue muy bien, porque me “he puesto las pilas” y hay momentos tensos en los que consigo darme cuenta del “tonito” con el que me hablo (porque esta forma de hablarnos aparece cuando las cosas pintan mal, relajada y descansada me hablo de maravilla) y lo cambio de inmediato. Detecto mi exigencia y la freno en seco.

¿Te habías dado cuenta de las veces en las que te hablas tan duramente? Si no es así para ti, ¡felicidades! y si es así, te animo a que pongas atención a ello. Tu cuerpo y tu alma te lo agradecerán.
¡Cuéntame!