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La metáfora del caminar

Este verano me he dedicado a una de las cosas que más placer me produce: caminar por la montaña, bien para acceder a calas maravillosas en Mallorca, bien para divisar paisajes que quedan en mi retina y en mi corazón por el Pirineo de Huesca.

 

Caminar en compañía y en silencio. Sentirme arropada por el grupo y conducida por el guía y en el silencio de mi introspección. Es el mejor estado meditativo que conozco para mí. Observo el paisaje y no pienso en casi nada. Lo miro asombrada por su belleza y su magnificencia. Me siento pequeña, me siento hija y cobijada por él. Y sin querer ni tener ninguna pretensión me doy cuenta de muchos aspectos de mí que me enseña el puro caminar.

 

Te comparto un “darme cuenta” importante de estos días. Es simple y de tan simple totalmente olvidado en mi día a día…

 

En este caminar del verano, me dejo llevar por el guía (¡qué gusto!) y si es posible por la orografía nos dice: vamos allí.

 

A partir de ahí echamos a andar lo que serán unas 7-8 de caminata. El camino se me hace muy entretenido, pedregales que voy ascendiendo como una cabra, divertida y admirada del paisaje. Cuando llevo varias horas en las piernas y muchos metros de desnivel hacia arriba, suelo pensar, ¿cuánto quedará?, porque hay un momento en el que ya no ves el destino. Aparece una loma o un collado que te lo dificulta. Incluso a veces, cuando lo ves resulta que no es ese el destino, sino que es el de más atrás. Aunque sea una cima alta o el mismo refugio llega un momento en el que lo pierdes de vista. No obstante, yo tengo la confianza en que en algún momento llegaremos.

 

En estos casos, perder de vista el final me es indiferente. Incluso me gusta pararme y mirar hacia atrás para ver el recorrido hecho. No tengo prisa.

 

¡Ah! Pero de lo que me he dado cuenta es de que esto en la vida no lo hago. Esta enseñanza y buen hacer en la montaña, a veces, no lo mantengo en la vida. Me explico a ver si resuenas con ello.

 

Me pasa en la vida que, de manera sutil o más clara, camino hacia algo. El camino no lo conozco y voy haciendo. Hasta ahí voy bien, en ocasiones disfrutando en otras forcejeando.

El asunto es cuando el camino se empieza a hacer más largo de lo que yo creo que debería ser y, como en la montaña, dejo de ver la cima o el fin de etapa. De tan cerca que estoy lo pierdo de vista y me lamento: nunca llegaré, esto no es para mí, porqué habré comenzado… y frases de este estilo. Me cuesta incluso hacer algo tan sencillo como detenerme y mirar hacia atrás para valorar el camino hecho y admirar sus momentos bellos y/o duros. El lamento me consume energía y desde ahí el camino se hace mucho más denso y difícil. Y dejo de ver que está a tocar el final.

 

Sólo cuando me giro y agradezco recupero la energía para seguir adelante, superando valles, collados y caminos más o menos pedregosos o mullidos y llegar a destino.

 

Me ha hecho reflexionar mucho esto y me he dado cuenta de que, en ocasiones, tengo prisa, soy impaciente y eso me desgasta mucho porque mi mente no para de planificar la vida llena de hitos que, a veces convierto en ultimátums que me voy poniendo…

 

Tengo la receta más sencilla del mundo:

DETENTE, MIRA HACIA ATRÁS Y AGRADECE

A fuego me lo gravo… otra vez