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 Mama, Mare, Mami

Cuando era pequeña quería rotundamente ser un niño: la vitalidad que tenía, la fuerza, la agilidad corporal, la animalidad que me hacía trepar por todas las paredes y árboles que encontraba, la necesidad de correr a todas horas, de forcejear, la rapidez mental para los cálculos, para leer… todo eso lo atribuía a ser un niño. Yo veía a la mayoría de las niñas de mi colegio más calmadas, sentadas y hablando.

 

Era mi mirada y mi forma de empezar a hacer diferencias y a destacarme como mejor que ellas, claro. Yo no quería ni podía sentarme, ni me gustaba hablar… no le veía ninguna gracia a ser y comportarme como una niña.

Obviamente hoy hablo de arquetipos sociales, en su momento para mí, eran verdades absolutas, porque era mi mundo. Mi colegio era sólo de niñas y en mi club de baloncesto había de todo. De ahí forjé estas visiones de mi realidad.

Para vencer esas dificultades mías y hacerme un hueco entre ellas adopté el papel de “niñafuerteniño”.

Mi padre y mi hermano desplazaron a mi madre como punto de interés. Con mi padre como fuente de amor y odio, encontronazos con sus límites, desacuerdos, competencia sobre “ver quien mandaba en casa”, si él o yo (criatura…); con mi hermano siempre en el anhelo de buscar un aliado (que no llegaba nunca porque yo era una pulga molesta, hermana pequeña…)

¿Y mi madre? A mi madre le fui perdiendo la mirada y a veces el respeto, he de confesarlo. Todos los defectos míos se los atribuía a ella y mis cualidades a mí (¡qué cojonuda!)

Rechacé sus cuidados, su calma, su paciencia, su dar un paso atrás cuando la situación lo requería, su discreción, su ternura, su tono bajo de voz, su lentitud, su saber preguntar, su escucha… por la ambición de ser algo que no era, un hombre (como yo lo entendía)
En mi mente, tan alabada por todos, no había espacio para todo: o era como las mujeres o como los hombres. En mi infancia y juventud no cabía nada que no fuera un pensamiento dicotómico: o esto o lo otro, lo bueno y lo malo, blanco o negro. Muy de valores absolutos.

Sí, así viví muchos años de mi vida: de espaldas a mi realidad.

Era una mujer de espaldas a mi condición de mujer y de espaldas a mi madre.

Corporalmente no paraba de recibir mensajes abrumadores del camino erróneo que estaba siguiendo, pero yo ni caso: unas menstruaciones dolorosísimas, cefaleas diarias, tensión corporal… aborrecía mi cuerpo que era muy, muy curvilíneo (a mis ojos, muy femenino), lo ocultaba en ropas holgadas y masculinizadas, mucho desprecio hacia mí, mi madre y las mujeres en general…

Escribir esto hoy y ver que no quedan apenas vestigios de esta mirada me da mucha confianza para acompañar a muchas mujeres que están como yo estuve a revisar sus creencias y escuchar a sus cuerpos. Es un camino que ya he recorrido.

Confieso, si echo la vista atrás, que el camino que he realizado ha sido duro;

he tenido que abrir muchas puertas y ventanas de mi mente y sobre todo de mi corazón para ver, para verme y amarme y sobre todo para ver y aprender de mi madre. Amarla sin condición, tomar de ella todo lo que antes te decía y que yo rechazaba.

Porque te diré que ella no me ha abandonado en ningún momento. Ha hecho de tripas corazón, en muchos momentos, al ver mi espalda, pero ha seguido y sigue ahí para lo que yo pueda necesitar.

Esa es mi madre.